El Rostro de Dios por Alicia Álamo Bartolomé

Dios no tiene rostro

Un astronauta ruso, al regresar de su viaje sideral, dijo con la soberbia que da la ignorancia: “No he visto a Dios”. Sin proponérselo, hizo un acto de fe. A Dios nadie le vio jamás (Jn 1, 18), ni siquiera Moisés. En el monte Horeb él se acercó a la zarza ardiendo que no se consumía y oyó la voz: “Yo soy El Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”. Moisés se cubrió el rostro, pues temía mirar a Dios” (Ex 3,6). Dios siguió hablando y a la pregunta de Moisés sobre su nombre para decirlo a los hijos de Israel, vino la inconmensurable respuesta que llena el Universo: “Yo soy él que soy” (Ex 3, 14). Es decir, el único ser que realmente es, porque lo es por sí mismo, en acto eterno, sin principio ni fin, que se basta a sí mismo. A este Ser, verbo y sustantivo, nosotros, tratando de definirlo, adjetivándolo –siendo como es indefinible-, lo limitamos. En su poema “Signo”, Fernando Paz Castillo, habla con profundidad y belleza de este límite que Dios mismo se impuso al crear con la palabra. Cito algunas estrofas entresacadas que iluminan esta idea. “Con tierra de palabras se hizo el cielo/ y lo que fue sangre cálida de espíritu/ quedó para siempre sometido a una armoniosa tiranía geométrica/ Pero antes que Dios mismo/ -tal vez ausente de su nueva conciencia sensitiva –existió la palabra perfecta/ y generosa/ que formó el agua fugitiva y la estrella/ constante (…) Dios –el Ser Supremo-/ fue, desde entonces, esclavo de la forma geométrica y audaz de una palabra./ grano henchido de contener su esencia./ (…) El poema termina así: Y Dios, excelsa plenitud radiante,/ perdido entre las formas por El recreadas,/ no crece más en la conciencia extática/ del hombre perfecto.

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Nuevos títulos del mes de junio

Solo se conoce al hombre en las dificultades por Carlos Balladares

La novela “Suite Francesa” de la escritora ucraniana-judía-francesa Irène Némerovsky (1903-1942), me fue recomendada por la profesora Sandra Timaure al conocer mi pasión por la Segunda Guerra Mundial. Se lo agradezco, porque para mí ha sido un grato descubrimiento. Al leer el prólogo escrito por Myriam Anissimov – en la versión del 2005 de la editorial Salamandra -, quedé admirado por la vida de la autora y; especialmente por el hecho que sus hijas: Denise (1929) y Élisabeth (1937), cuidaran una maleta que llevaba, entre los recuerdos de su madre, lo que creían era su diario pero que en verdad era una novela escrita en letra muy pequeña. Dicha maleta nunca fue abandonada por las niñas, a pesar de que ellas padecían la persecución de los gendarmes franceses, y tuvieron que cambiar de refugio en varias ocasiones. La edición cuenta además con 60 páginas de cartas de la autora que describen cómo iba ordenando la novela.Suite Francesa

Anissimov cuenta que Némerovsky usaba una técnica novelesca inspirada en el estilo de Iván Turgueniev, la cual consistía en escribir el relato con las reflexiones que este le inspira sin suprimir nada, al mismo tiempo que hacía perfiles muy detallados de cada uno de sus personajes. Luego subrayaba con dos lápices (azul y rojo) los rasgos esenciales de los personajes que conservaría y pasaba a la composición definitiva de la novela, la cual pasaba por varias revisiones (p. 16).

“Suite Francesa” pretendía ser una gran obra de mil páginas compuesta en 5 partes, lamentablemente solo pudo escribir las dos primeras que forman la novela. En la primera “Tempestad en junio” describe un conjunto de familias de la Francia de 1940 y cómo asumen la huída del invasor alemán, huída hacia el sur que no servirá de nada sino para sacar lo peor de cada quien. Cada familia describe una forma de ser francés, no responde solo a su grupo social. Es también un carácter, una manera de comprender el país.

Si intentamos encontrar algo que una a todas las familias descritas, podemos señalar que es la tragedia y la frustración de la derrota. Nadie puede creer que el país victorioso de la Primera Guerra haya sido derrotado en tan poco tiempo y sin casi combates. Huyen pero no saben a dónde, y en las carreteras y pueblos se pierde toda moralidad y todo principio, pero no totalmente. Es así como conseguimos idealistas como el joven Péricand que intenta unirse al ejército pero todo le sale mal, porque ya no existe ejército; es la desbandada. Sueña con el sacrificio heroico por la patria, para luego darse cuenta que no puede hacer nada. Poco a poco, las historias de cada familia se empiezan a mezclar. En algunos casos expresan el odio de clases, otras sola las frustraciones de cada persona.

En la segunda parte se describe de una manera magistral la realidad del “colaboracionismo” (cooperación con el ejército de ocupación alemán desde 1940 a 1941), especialmente desde la perspectiva de las mujeres. Ellas se encontraban sin sus maridos y tuvieron que aceptar, en muchos casos, el tener que ceder algún cuarto o espacio de sus casas a los soldados u oficiales alemanes. Estos son descritos por la autora como educados, cultos y atractivos; a pesar de la natural prepotencia de todo conquistador. Al final, la ocupación de Francia no fue solo una derrota militar sino también la conquista de muchas de sus mujeres.

La novela logra mostrar, a través de un momento de la Segunda Guerra Mundial, el anhelo de todos los seres humanos por vivir las pequeñas alegrías de la vida aunque se esté en medio de una gran tragedia. “Todos sabemos que el ser humano es complejo, múltiple, contradictorio, que está lleno de sorpresas, pero hace falta una época de guerra o de grandes transformaciones para verlo. Es el espectáculo más apasionante y más terrible del mundo. El más terrible porque es el más auténtico. Nadie puede presumir de conocer el mar sin haberlo visto en la calma y en la tempestad. Sólo conoce a los hombres y las mujeres quien los ha visto en una época como ésta. Sólo ese se conoce a sí mismo.” (pp. 410-411).

“Memorias de Mamá Blanca”: metáfora de la Venezuela colonial por Carlos Balladares

Memorias de Mamá Blanca

Una de las cosas maravillosas de la lectura es que siempre descubres nuevas perspectivas de la realidad. Y al conocer y ser “atrapado” por la obra de un nuevo autor, es inevitable exclamar admirado: ¿¡Cómo no lo leí antes?! Así me ha pasado al leer por primera vez: “Memorias de Mamá Blanca” (editada en Madrid por ALLCA en 1988) de la escritora venezolana: Teresa de la Parra (1890-1936). Lo bueno de leerla ahora es que lo he hecho con los ojos del historiador, y he quedado fascinado con la mirada nostálgica de una Venezuela moderna (realmente en vías de serlo) sobre sus tiempos rurales y semiaristocráticos de la Colonia.

El inicio de esta novela corta me gustó mucho, porque me recordó a mis dos abuelas y las casas donde vivían. Muy especialmente la casa de mi abuela materna; abuela que por cierto, tenía el mismo nombre que la protagonista: Blanca (y que todos los nietos llamábamos “Mamaca” (1925-1997). De igual manera, el uso del estilo literario de las memorias me pareció atractivo, y especialmente la razón que alega Mamá Blanca para hacerlo: “Me dolía tanto que mis muertos se volvieran a morir conmigo que se me ocurrió la idea de encerrarlos aquí.” (p. 12). ¡¿Qué historiador no se siente atraído por una autobiografía?!

La novela en su totalidad la interpreto como una hermosa metáfora sobre la sociedad de los tiempos hispanos de Venezuela, los cuales no terminaron con la Independencia sino que se prolongaron hasta principios del siglo XX; y que son representados en el micromundo de una hacienda de caña de azúcar. En cada capítulo logra describir magistralmente algún actor de dicha sociedad, y como se relacionan entre si cada uno de esos actores o grupos sociales. Pero el texto no se limita solo a esta comparación, sino que también nos ofrece una descripción de varios modelos sociopolíticos y/o doctrinas: la aristocracia, el caudillismo, el positivismo, la democracia e incluso el comunismo.

Al principio describe los padres y las niñas, entre las que se encuentra ella misma: Blanca. Ellos son la nobleza feudal (la aristocracia), “dueña” de la hacienda “Piedra Azul” de Tazón, los cuales viven en la Casa Grande y gobiernan paternalmente sobre el resto de los peones y empleados. ¿Cómo no pensar en los “padres de familia” que gobiernan sobre la “multitud promiscual” descritos por nuestras Constituciones Sinodales (1687) vigentes hasta 1904? Luego aparece el “primo Juancho” que describe como “lo sublime y lo cómico” (p. 48), que vive quejándose del país, que posee sabiduría y conocimientos de nuestra realidad (desde la perspectiva positivista), pero que nunca logra llegar a un cargo político. Yo veo en el a los civiles, segundones de nuestra historia, a pesar de su formación y preocupación por el país. Después está el personaje más fascinante de todos: “Vicente Cochocho”; verdadera personificación del pueblo, del peón empobrecido, y del “buen salvaje” (“su alma desconocía el odio” (p. 71)). Posee las virtudes de la generosidad, alegría, cortesía, laboriosidad, humildad, religiosidad popular católica (jamás ortodoxa, se puede decir sincrética), hombre de honor, caudillo y muy especialmente: es resignado, porque: “¡Quién ha visto peón negro con casa de teja” (p. 74). Al final, Mamá Blanca-Teresa de la Parra da su visión pesimista de la democracia que parece venir, en lo que llama “la república de las vacas” (p. 99); donde el ganado vive en condiciones desiguales pero todas están contentas por el trato del vaquero populista, que al final las hace producir y le roba al dueño de la hacienda al sacar las cuentas.

Todo este mundo desaparece con la migración a la ciudad, donde las niñas dejan de ser individuos (más bien princesas) y pasan a ser parte de la masa, “hormigas, quienes al caminar unas tras otras se pierden felices dentro del anónimo y la uniformidad” (p. 116). Es tal la tragedia que muere una de las niñas, como si con su muerte se acabaran los tiempos de la colonia. Es verdad que en la hacienda (en la colonia), podría concluir la novela, existía un orden jerárquico injusto (aunque visto como natural), pero cada grupo estaba en su pequeño universo que nadie intentaba sobrepasar. De esa forma el pasado queda entonces como una “edad de oro”, al cual nunca se le puede volver, porque como a “Vicente Cochocho se lo comieron los zamuros”.

Si quieres leer este libro puedes encontrarlo en nuestra biblioteca  bajo la cota V863/P37m